Lo estoy esperando con un vino, lencería rosada bajo la ropa y con PJ Harvey sonando por todos lados. Claro, puede parecer que intento hacer un relato semierótico, pero no es así. Es un intento desesperanzado, en realidad, como para decir que sí lo hice todo por hacer aparecer algo similar a la llama de una velita en mi relación con él. De hecho le gusté al principio. Me pasa con todos. Les gusta mi cara, mi actitud que consideran excéntrica (obviamente para mí es una actitud normal, la única normal que conozco), no sé qué hallarán en mí de encantador pero algo ha de haber fuera de mi lengua que no mide las consecuencias de sus palabras, de mi falta de ubicación en las situaciones, de tacto, de diplomacia y de gusto por la pachanga. Ah, claro. Además soy artista. Eso debe contar. En fin, debía contar, en realidad. Desde que estamos juntos hay una lápida en algún lugar de mi espacio particular con fecha de 2005, algún día de agosto, si no me equivoco, en la que está escrito: “Aquí muere la historia promiscua de una mujer sumamente coqueta y loca. Conoció al hombre de su vida, y aunque no estén juntos por siempre jamás, ella sabe que nunca podrá estar con alguien como está con él. Ella sabe que todo lo demás es puro vacío”.
Parecía una historia erótica, ¿no? El vino está servido en una de sus tazas de café pues aun no compramos copas (las pocas que había se fueron rompiendo), nada romántico, y en verdad lo tomo para relajarme y ver si yo misma me trato de tragar la historia de deseo. No sé qué deseo. Quizá sólo un poco de cariño. Pero claro que lo que manifiesto es que necesito sexo. Necesito sentirlo, pero fundamentalmente, sentir que me desea. No lo culpo si no lo hace. Después del arrobo inicial (sí, soy bonita, eso creo), debe haber notado que no soy muy femenina, que mi cuerpo es demasiado atlético hasta el punto de ser más ancho de lo que suele ser el cuerpo de una chica esbelta normal, no me maquillo, no uso minifalda ni tacos, no soy fina, no me miro al espejo y una larguísima lista de negaciones más con la cual no me quiero cansar. Pero me imagino que él se cansó. Nuestro amor, entonces, debió de haberse vuelto una cuestión más pura, más definida. Nos apoyamos en nuestros proyectos personales, tanto, que ya no son personales, sino que cada cosa que hacemos se vuelve una empresa conjunta. Nos vemos todo el tiempo, no nos cansamos, nos necesitamos. Entonces, ¿por qué necesito el sexo? ¿Por qué necesito que me tome con deseo? ¿Lo necesito?
Él también es artista. Tenía hoy una presentación y yo no pude ir porque tuve que quedarme a terminar un pinche trabajo que debo presentar mañana... hoy, ya que son más de las dos. Bebo y lo sigo esperando. Y vuelvo a poner el disco de PJ. Todo será un fracaso, como siempre. Se quedará dormido. Lloraré ante la falta de interés en mi cuerpo, en mi satisfacción, en mi necesidad de afecto, porque no es otra persona la que me niega todo eso, es él, es él y solamente él. Y me dirá que soy egoísta, que no veo que está cansado (como siempre), que está enfermo y estresado (por Dios, ¿cuándo no lo está?), pero que recuerde por todos los medios que él me ama y que siempre estará a mi lado. No lo dudo. Entonces me meteré al baño, procurando que no me vea (por lo menos, de alguna relación anterior aprendí a tener algo de vergüenza) para retirar de mi piel, lo más delicadamente posible, la lencería de mierda que me puse hoy para ser olida, lamida, escrutinada, destrozada, pero que finalmente será retirada mecánicamente, con pena, y desechada en el tacho de basura. No sé qué pasará con el vino. Creo que ya falta poco para el final.
Parecía una historia erótica, ¿no? El vino está servido en una de sus tazas de café pues aun no compramos copas (las pocas que había se fueron rompiendo), nada romántico, y en verdad lo tomo para relajarme y ver si yo misma me trato de tragar la historia de deseo. No sé qué deseo. Quizá sólo un poco de cariño. Pero claro que lo que manifiesto es que necesito sexo. Necesito sentirlo, pero fundamentalmente, sentir que me desea. No lo culpo si no lo hace. Después del arrobo inicial (sí, soy bonita, eso creo), debe haber notado que no soy muy femenina, que mi cuerpo es demasiado atlético hasta el punto de ser más ancho de lo que suele ser el cuerpo de una chica esbelta normal, no me maquillo, no uso minifalda ni tacos, no soy fina, no me miro al espejo y una larguísima lista de negaciones más con la cual no me quiero cansar. Pero me imagino que él se cansó. Nuestro amor, entonces, debió de haberse vuelto una cuestión más pura, más definida. Nos apoyamos en nuestros proyectos personales, tanto, que ya no son personales, sino que cada cosa que hacemos se vuelve una empresa conjunta. Nos vemos todo el tiempo, no nos cansamos, nos necesitamos. Entonces, ¿por qué necesito el sexo? ¿Por qué necesito que me tome con deseo? ¿Lo necesito?
Él también es artista. Tenía hoy una presentación y yo no pude ir porque tuve que quedarme a terminar un pinche trabajo que debo presentar mañana... hoy, ya que son más de las dos. Bebo y lo sigo esperando. Y vuelvo a poner el disco de PJ. Todo será un fracaso, como siempre. Se quedará dormido. Lloraré ante la falta de interés en mi cuerpo, en mi satisfacción, en mi necesidad de afecto, porque no es otra persona la que me niega todo eso, es él, es él y solamente él. Y me dirá que soy egoísta, que no veo que está cansado (como siempre), que está enfermo y estresado (por Dios, ¿cuándo no lo está?), pero que recuerde por todos los medios que él me ama y que siempre estará a mi lado. No lo dudo. Entonces me meteré al baño, procurando que no me vea (por lo menos, de alguna relación anterior aprendí a tener algo de vergüenza) para retirar de mi piel, lo más delicadamente posible, la lencería de mierda que me puse hoy para ser olida, lamida, escrutinada, destrozada, pero que finalmente será retirada mecánicamente, con pena, y desechada en el tacho de basura. No sé qué pasará con el vino. Creo que ya falta poco para el final.
